Arturo Mora Alva


Violencia Simbólica
15/Julio/2015

Para Diego
 
La violencia es el último recurso del incompetente
Isaac Asimov
El Estado llama ley a su propia violencia, y crimen a la del individuo
Max Stirner

 
En la organización social y política de una sociedad, el Estado es el único facultado para usar la violencia. La forma de usar esa violencia está regulada por las normas y leyes que el Estado-Nación ha ido desarrollando a través del tiempo y en contextos históricos particulares. Cada pueblo a través de diversos mecanismos de gestión legislativa crea, reforma, ajusta y decreta marcos normativos para que las sociedades humanas convivan y los actos particulares de las y los ciudadanos estén bajo un orden jurídico, que ayude vivir en paz y con la presunción de que será Estado y sus instituciones estarán atentas a cuidar los bienes y la vida de todos los que habitan en su territorio.
¿Qué pasa cuándo es el propio Estado deja de cumplir su responsabilidad y la justicia pasa a ser en muchos casos una mercancía? ¿Qué sucede cuándo es la propia autoridad y los representantes de las instituciones quienes dejan de hacer su tarea y su responsabilidad social se convierte en mera simulación? ¿Qué pasa cuándo quien puede hacer ajustes, tomar iniciativas y hacer que las leyes se cumplan se olvida de su deber? ¿Qué pasa cuándo quienes deben brindar protección y ayuda a una víctima se convierten en un enemigo?
Algo está muy mal, cuando cada vez son más comunes las historias de muchos de nuestros amigos, conocidos y familiares, que nos cuentan por lo que han pasado y el trato que han recibido y la respuesta de las autoridades ante los hechos que son denunciados, desde un asalto en la calle, un robo a una casa habitación, un cristalazo al auto y el robo de las pertenencias, agresiones y lesiones, hasta una violación. Al parecer todo se vuele un suplicio, cruel, desgastante y deja la experiencia en las personas, en las familias, en la comunidad, de que nada va a pasar, de que no habrá responsables, que los delincuentes no serán detenidos y procesados, que no habrá reparación del daño, que en resumen no habrá justicia.
Cuando las instituciones del estado no hacen su trabajo, cuando esta pervertido el sistema de procuración de justicia, cuando quien debe recibir y atender las denuncia recomienda por principio que sólo se haga una denuncia de “hechos” pero que no ponga una demanda, cuando se asignan a defensores de oficio que no tienen el menor interés por hacer bien su trabajo, cuando ir a ante Ministerio Público es una verdadera pérdida de tiempo, de dinero, pero sobre todo es una pérdida de dignidad humana, ante el trato que se recibe, y es la confirmación de que no habrá justicia, y que se la llega darse, está tiene un precio, es decir la justicia que tendría que ser un valor y un atributo de confianza en el estado, es algo que muy pocos pueden comprar.
Es ahí que la violencia simbólica la ejerce el poder del estado, desde los abusos de la policía, en especial con los obreros y trabajadores. Cuando vemos en la ciudad como las patrullas detienen por “sospecha” a jóvenes, que van caminando en la calle o en su bicicleta y son obligados a mostrar sus pertenencias, a identificarse, a quitarse ropa, incluso los zapatos o los tenis, así sin más, sin una orden, sin un motivo y desde ahí nos demuestra que algo está desajustado, que algo está muy mal.
Las y los ciudadanos hemos ido aprendiendo a partir de la experiencia comprobada en carne propia, que nada vale, que nada puedes hacer sino tienes amigos policías, o conocidos en el sistema judicial, que no tienes ninguna oportunidad de acceder a la justicia, más aún, sabes qué sino das dinero no habrá justicia, o al menos una promesa de que la habrá. Más del 80% de los delitos no son denunciados. La realidad habla por sí misma y el Estado con su omisión y permisividad genera una nueva y atroz violencia simbólica contra su pueblo, la de la impotencia, la de la incomprensión.
La reticencia del gobierno de Guanajuato ante los feminicidios de estos últimos días a llamar a declarar la Alerta de Género, es un nuevo signo de que la autoridad formal ante su deber, prefiere las excusas y olvida la responsabilidad que tiene al estar al frente del Estado y deja de lado el juramento que hizo el día que tomó protesta, “para cumplir y hacer cumplir la ley”. Desde esa actitud, se ejerce una forma más de violencia simbólica contra la sociedad en su conjunto.
Si la fuga de Joaquín el “Chapo” Guzmán de una cárcel de Alta Seguridad genera chistes, memes y burlas al gobierno a granel, y en algunos sectores y grupos hasta cierta alegría, no es algo que el Estado y sus instituciones deben obviar. Esta nueva fuga del Chapo, demuestra que no hay nada que el dinero no pueda comprar, deja en claro que la corrupción y la impunidad son la verdadera violencia simbólica que el Estado y sus gobiernos ejercen contra toda la sociedad y de ahí la injusticia, la exclusión, la discriminación, la pobreza y sin duda la creciente desesperanza.
 
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