David Herrerías Guerra


Yo también estoy por la familia
01/Septiembre/2016
Claro que me gusta la familia, especialmente mi familia. Una hija, tres hijos, tres nietos, una nieta, una esposa hermosa. ¿Quién puede estar en contra de la familia? Coincido en que hay fuerzas que atentan contra las familias, porque a lo largo de mi vida, como académico y como promotor en el campo o en polígonos de pobreza, he visto muchas de ellas destruidas, o peor aún, he visto a los niños y jóvenes que han tenido que sobrevivir a esa destrucción, con huellas evidentes del desastre.
 
Y no se me escapan las causas de esa devastación
 
A muchas de ellas las destruyó la pobreza, la insuficiencia crónica que padecieron los padres que fundaron esa familia y las condiciones indignas en las que tuvieron que vivir hasta que la voluntad del papá o la mamá se fueron doblegando y fugando por los caminos del alcohol y de las drogas.
 
Las destruyeron las viviendas minúsculas, que no tienen las condiciones para que los niños y los padres convivan, porque los espacios no dan para convivir más de unos minutos antes de que los nervios de los adultos sean destrozados por la actividad de los niños. Viviendas expulsoras que lanzan a los pequeños a la calle, espacio de aprendizaje y des-aprendizaje, centro educativo de las bandas
 
Las destruyó la necesidad de los padres de trabajar en lo que sea, en los horarios que sea; las destruyó la ambición económica o el egoísmode empresas que anteponen el lucro y la productividad a las condiciones de trabajo de los padres imponiendo jornadas laborales que dificultan la vida familiar. Las destruyó esa ausencia forzada de los padres para conseguir los mínimos más elementales para la subsistencia. Las destruyó una escuela insuficiente, que retiene a los hijos sólo unas horas en la mañana y los lanza de nuevo a la calle y la falta de guarderías y opciones para que las madres construyan la primera relación con sus hijos a pesar de tener que trabajar.
 
Las destruyó la cultura de la violencia, el machismo tan arraigado, la incapacidad de diálogo, la falta de herramientas pedagógicas de los padres, los embarazos adolescentes que fundan familias sobre las rodillas, condenadas, si no al fracaso, si a construir sobre bases endebles lo que será una nueva familia que alimentará la rueda de la des-fortuna de la pobreza.
 
Las destruyeron la falta de espacios de oportunidades educativas y de trabajo para los jóvenes, la falta de espacios para el uso del tiempo libre, la educación mercantilista, la falta de opciones para niños y niñas para que puedan realizarse en el deporte o en el arte.
 
He conocido también a muchas familias ricas destruidas por la ambición, por la búsqueda desmedida de la acumulación de bienes materiales o de un evanescente “éxito” individualista que le da la espalda a la tarea de construir mejores relaciones con los hijos y la pareja. Familias destruidas por el abandono y por el soborno económico a los vástagos, fábrica de “mireyes” siempre hartos y siempre insatisfechos.
 
He visto familias destruirse por la intolerancia, por la incapacidad para construir relaciones de cariño y amor a pesar de las diferencias; por la estrechez mental que impide entender el mundo de los hijos. La convicción tozuda de que la libertad no es un don que Dios haya dado a todos los hombres y mujeres, sino un capital que solo algunos (los padres, la iglesia, el estado) tienen derecho a administrar. He visto personas destruidas al interior de familias supuestamente bien constituidas por la falta de aceptación y la rigidez dogmática.
 
No recuerdo, ni he visto que una familia se se haya destruido porque sus vecinos o conocidos sean gays o lesbianas. Crecí a mis hijos cerca de otros tipos de familia; quiero entrañablemente a parejas que construyeron familias homoparentales y nunca, bajo ninguna circunstancia,  fueron un peligro para la mía. Es como si el gusto de algunos de mis amigos por el beisbol pusiera en riesgo mi gusto por el futbol, o si el color del portón de la casa de mi vecino, por ser diferente, pusiera en riesgo al mío. No veo cómo la ampliación de los derechos de las parejas diferentes a la mía  ponga en riesgo mis derechos al matrimonio heterosexual ni atente contra los derechos de mis hijos.
 
Si hay que marchar, marchamos, es un derecho. Marchemos por las familias, por todas, las mías y las de los otros. Marchemos para que haya trabajos dignos y bien pagados, educación de tiempo completo, guarderías, espacios deportivos para niños y jóvenes, salud, educación reproductiva, y sobre todo, tolerancia y respeto a la diferencia.
 
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